Modernos errantes

Modernos errantes


El mar de Andamán, se ha puesto a llorar. 

Corales y playas solo para ricos, que grandes cadenas hoteleras han construido hoteles 5*  de vértigo y han educado a sus nativos a trabajar en silencio absoluto porque sus huéspedes vienen a desestresarse. Recogen con pinzas y a pie las hojas que caen de los árboles y suben a cortar los cocos con en fin de que no caigan y hagan ruido. Tienen mayordomos que solo acuden a atender y cumplir los antojos de los ricos, cuando son requeridos por aquellos; también para no arruinarles el descanso merecido. 

Todos los empleados van en bicicletas y para desplazar a los ricos usan coches de golf que son eléctricos. 

Los empleados aprendieron que deben ser agradecidos porque tienen trabajo gracias a los ricos, casi todos rubios y de piel muy blanca. Los hoteles han construido una escuela y un centro de salud, a modo de caridad que les deja a los hoteleros la conciencia “tranquila”.

Eso si, para congraciarse con los nativos y sus Dioses,que siempre vienen bien los mejores resultados económicos, tienen altares bonitos y diariamente atendidos. 

Todos contentos, porque cada cual consigue su beneficio. Los ricos tienen dedicados a su exclusiva atención una decena de empleados, que por el precio de cada noche no tendrían en otros lugares, por tanto pueden sentirse magnánimos en sus conciencias “solidarias” yendo a comprarles artesanías por ejemplo.  

En medio de esa idílica localización, playas de arenas finas y blancas y mar azul hasta no poder serlo más, se ha instalado la más absoluta tristeza marina. 

Birmanos perseguidos vagan,desde hace unos tres meses, en barcos muy precarios, sin hallar refugio, por ese mar dolido. 

Lloran a gritos pidiendo socorro mientras todos les envían agua, un poquito de comida y algo de gasóleo para que se vayan lejos. 

No he oído noticias de que los ricos, molestados en sus serenos descansos, hayan hecho algo por ellos. Quizás no se hayan enterado, ni querrán hacerlo porque a sus guetos no llegan las noticias malas. 

Quizás no sepamos tampoco nosotros nada más de los náufragos eternos. 

Lo que debiéramos tener claro es que aquellos desheredados no tienen la “suerte” de estar en este Mediterráneo europeo. 

No sé si llegaríamos a tiempo de salvarlos, pero por lo menos deberíamos exigir que les acojan, por simple gesto de humanidad, los países de aquel idílico mar. 

No sería malo llegar a la costa de aquellos hoteles y que los empleados los alojaran en sus dormitorios, darles comida y masajes hasta conseguir que les asile algún país. 

Mientras, los ricos podrían descubrir el encanto de dormir en las playas arrullados por las olas del Mar de Andamán. 

Todo se andará…

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