Un delirio

Un delirio

Sí, yo lo enterré Sr Juez…
Llegó a mi casa hace un tiempo traído por alguien.
Me dijo con letras porque era mudo, toda mi valía y mi mal hacer.
Estuve con él repasando la vida y en qué me equivoqué. No lo hice nunca.
Trabajaba, para no tener que verlo nunca, con tesón necesario.
Mis días fueron felices sin él.
Cuando me quedé sin trabajo, supuse que era un corto lapsus de tiempo. Me dediqué a descansar mientras enviaba Curriculums
No pasó mucho y caí en la cuenta que la crisis, también, era para mí.
Comencé a recorrer cafeterías para leer todo tipo de papel impreso con ofertas de trabajo. Anotaba direcciones y enviaba mails y contestaba ofertas. Preguntaba en todos los sitios por si se sabía de alguna oferta laboral.
El subsidio de desempleo se me acabó y pasé a cobrar la ayuda exigua.
Empecé a dejar de dormir plácida y a tener menos apetito.
Hice cambios en mis gastos, priorizando deuda hipotecaria.
Dejé de comer en casa, para no gastar ni gas ni agua ni luz. En el Comedor social me dieron comida, afecto y respeto.
Utilizaba lavabos públicos, lavaba en las lavanderías del barrio.
Cuando llegó el frío cerré las ventanas y puertas con burletes. Con lámparas a pilas pasaba la noche.
En fin, llegué a perder el miedo y fui al Banco a renegociar la hipoteca. Ya sin sonreírme me amenazaron sin clemencia.
Aunque no lo parezca soy optimista y cada mañana salía buscar trabajo.
Al regresar con mi pena, me animaba a esperar un día más.
Sonó el timbre y llegó con ánimo de instalarse. Tan bien presentado y tan bien escrito, era el Auto de Embargo.
Entonces hablé con la PAH ( plataforma antideshaucios) y aplacé el mío.
Me invitó al Juzgado y no pude más, con una cerilla le prendí fuego; solo hasta ennegrecerlo. Guardé las medio cenizas en una cajita y lo enterré en el jardín por maltratador.
Me pidió la hoja del Auto aquel Juez, cuando dije que me había faltado al respeto con duras y feas palabras. Quiso leer tan irrespetuoso Auto, me dijo.
“Ya no vive, Sr Juez”.
Le expliqué que lo había tenido en la silla de reflexionar pero siguió amenazándome hasta que lo asesiné prendiéndole fuego. “Luego me dio pena, Sr Juez”.
“Entonces lo puse en su caja y lo velé”
¡Ay que desvarío, Sr Abogado! se le oyó al Juez.
Yo murmuré lo del entierro y muy alterado me preguntó,
“Sra, por Dios, ¿enterró a ese “cadáver”, un simple papel?”
Si yo lo enterré, Sr Juez…

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