Una noche especial

Una noche especial

Nació entre “algodones” en una Granja de cría.
Muchos hermanitos y una madre, enorme, dedicada a amamantarlos fue su primera experiencia vital.
Hacía siempre muchísimo calor en aquella Granja en un claro de la Selva;les tenían enseñados para calmar la sed a beber de unos tubos parecidos a unas tetinas de biberón.
Estaban en un corral de paredes, no más altas que la mitad del recinto, de cemento y techo de Uralita, amplio, limpio; viviendo relativamente frescos y mimados en la medida exacta para crecer y engordar sin más. Vacunas,vitaminas y controles sanitarios les mantenían sanos.
La madre tan enorme vivía casi permanentemente acostada a merced de sus lechones lactantes.
Estos eran muy inquietos y juguetones.
Los controles sanitarios, que velaban por su salud en función de su sacrificio en la temprana adultez,
les permitieron acceder a las diferentes estancias según edad y peso. Este iba en un rápido progreso
a partir de las Dietas que ,desde el destete ,se les proporcionaban.
Vino el tiempo malo, les caparon para engordarles y a pesar de que les anestesiarían localmente no les evitaba dolor postoperatorio y posibles infecciones.
Ya en esos tiempos jugaban y corrían menos, dedicados a comer y dormir.
Algunas mañanas oían gemir a sus parientes entre gritos de sus cuidadores y se les helaba la sangre.
Iban teniendo memoria de esos quejidos que se apagaban a medida que se alejaba el camión al que les habían subido.
Comer y pesajes y baños de agua refrescante con las mangueras limpiadoras, fue la rutina en que vivieron.
Desde que les apartaron de su madre tuvieron que vivir dedicados a ellos mismos y a oírla con sus nuevos hermanitos.
Nadie sabe qué sienten al separarles ni cuando la oían al otro lado del muro bajo que les apartaba de ella.
El peso se hacía bastante insoportable y era de suponer que en aquel clima, que no era su habitat biológico, ahorraran movimientos.
Como no tenían otro quehacer, dejaban hacer a sus cuidadores. Limpieza, comida y salud eran muy bien evaluados por los Inspectores sanitarios, en todo momento.
Una mañana todo cambió y entre ruidos y gritos de hombres, los gruñidos de los hermanos se hicieron insoportables.
Dicen que los cerdos intuyen su suerte. Dicen que cuando los cuelgan en el matadero, con sus gritos advierten a los demás de que los van a matar…
Es de suponer que esa mañana algún tipo de premonición tuvo uno de los cerdos que empujaban para subir al camión; en plena secreción de adrenalina por el miedo no quiso obedecer.
Aterrorizado saltó al terral y corrió desaforado hacia la Selva, no muy lejana; a unos pocos cientos de metros.
Corrió y corrió perseguido por un cuidador y siguió corriendo.
A pesar de su instinto de libertad, lo tenía junto a él mientras seguía avanzando en aquel infierno verde.
El tamaño del cerdo hacía imposible detenerlo y atraparlo a un hombre solo.
Imagino los gruñidos mientras se movía queriendo librarse del hombre; también el ruido de la hojarasca y de las ramas que rompía a su paso.
Imagino también al perseguidor decidido a no perderlo costara lo que costase. Ese cerdo era un dineral y supongo que su preocupación principal sería no perder su empleo y tampoco su semanada.
Pasadas las horas el cerdo no seguiría estando en condiciones de seguir corriendo, cansado y con sus pezuñas destrozadas. El calor húmedo le tendría sudoroso y con sed, que pudo saciar al atardecer a la orilla de un arroyuelo. El hombre también bebió aquella agua fresca.
Fueron horas lentas de deambular sin rumbo fijo acompañado por este
hasta que empezó a oscurecer.
Ya hacía horas que el hombre tenía decidido qué hacer hasta que los encontraran, pero desde luego que no había forma de explicárselo al cerdo.
Era cuestión de aguantar el tiempo que hiciera falta en el buen entendimiento que la Selva no era terreno desconocido para el perseguidor.
El cerdo removía la hojarasca con su hocico comiendo lo que encontraba, más que nada frutos caídos.
El hombre llevaba cerillas y tabaco con lo cual además de fumar alguna vez pudo encender una fogatita para cocinar un monito que cazó con una honda fabricada con una rama y la goma de sus calzoncillos.
Llevaba siempre un cuchillo que le sirvió para cocinar y comer. Conocedor de todo, comió al mediodía porque luego caería el chaparrón diario. Mientras asaba al mono, preparó con unas ramas y hojas plataneras un refugio para resguardarse con el cerdo de la lluvia y el tiempo que permanecieran allí.
Hay que saber que el cerdo acabó echado en la tierra mojada, por el cansancio y acaloramiento enfermizo que tenía.
Ante lo inhóspito que resultaba la selva al cerdo, sintió seguridad en la compañía del perseguidor que ya conocía de toda su corta vida.
Este hombre no estaba en terreno desconocido porque era un indígena salido hacía pocos años de la selva; creador con sus compañeros de una Comunidad al borde de una carretera.
Muchas Comunidades nacieron en los bordes de la selva y junto a carreteras, en busca de mejor vida; no es que lo consigan siempre.
Esa mañana ya quedaba lejana en el tiempo y el cansancio de la huida y persecución les pasaba factura.
El cerdo exhausto no tenía conciencia para mantenerse alerta y el hombre no tenía otra cosa que hacer que esperar la llegada de los suyos.
Compartieron, frutas que recolectó y la hoguera reavivada por la noche.
Rendidos, durmieron juntos toda la noche…

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