Alicia, relato de la desmemoria.

Alicia se propuso, valiéndose de argucias de su propia cosecha, vencer al Alzheimer.
Todo comenzó un día en que no pudo recordar algunas cosas, como le venía sucediendo a diario y se le vino encima una pena enorme vislumbrando su futuro.
La suma de la desmemoria y la pena fue como una bomba que le explotó en su cabeza.
Se imaginó en una sala sentada a la mesa con otras personas que aprendían los nombres
de multitud de cosas dispersadas por la superficie.Una tutora les iba enseñando cosas cotidianas, llaves por ejemplo, y esa gente repetía el nombre que habían olvidado.
No quiso verse allí…nunca.
Ni así tampoco…
Ni en una Residencia de ancianos…
Ni nada de nada…
Claro, tenía que inventarse un plan para los años sin memoria. Algo práctico y sencillo.
Empezar desde lo más simple para llegar ó no a lo complejo.
De esta idea se nutrió, empezando por el hogar y las compras..

Hacía tiempo que en la tienda de comida lograba salvar la situación cogiendo los productos directamente de la estantería ó señalando la verdura y la fruta entre comentarios risueños sobre su mala memoria.
Conversando, se le hacía más complicado y recurría al “ no me acuerdo”… o hacía piruetas memorísticas muy al uso entre sus coetáneos.Por ejemplo “ ella trabaja en la serie tal ó se llama como tu amiga rubia”..
Comenzó tomando, cada mañana, una cucharada de jalea real con el zumo de naranja.
Y como temía despertar un día desmemoriada, se planteó organizar su futuro a base de recursos preparados con suficiente antelación.
Compró dos libretas grandes de espiral con las tapas de diferente color, un rotulador, bolígrafos, lápiz, dos blocks de postits amarillos, goma de borrar y sacapuntas.
A la libreta de tapas verdes la rotuló, con trazos gruesos, “Diario de Alicia”.
Anotó la fecha de inicio pensando en su utilidad para quien lo leyera en su ausencia.
Ese día a día escrito le pareció un buen ejercicio mental, imprescindible en las terapias al uso.
También pensó que sería más práctico hacer las anotaciones en libretas manuscritas que en el WORD del ordenador, complejo de manejar a según qué edad.
A la de tapas azules la rotuló INSTRUCCIONES , por denominarla de alguna manera.
En unos cuantos postits amarillos escribió “leer la libreta de tapas azules” en letras gruesas con rotulador y los pegó en las puertas de la casa y de la nevera a modo de recordatorio permanente. Luego se sentó en su escritorio con la libreta, para empezar a escribir página a página lo que debía leer cuando fuera necesario. Quería seguir cierta lógica, en la información que iba a escribir, aunque no la tuviera realmente. Empezar con su identidad y seguir con datos de orientación temporal y espacial eran imprescindibles.
“Me llamo Alicia Ferrer Gonzalez” y tengo …años”. Con un lápiz anotó su edad actual, 58, porque pensaba ir cambiando el número hasta que se lo permitiera la memoria. Escribió su dirección y sus números de teléfonos.
Se entretuvo un rato anotando los datos de las tarjetas bancarias y los números secretos, dejando bien explicada la ubicación de las oficinas y los cajeros.
Dibujó un pequeño plano de su calle y las aledañas con los detalles más importantes como tiendas, estación de ferrocarril, paradas de autobús y taxi. En su calle señaló la entrada de su edificio y marcó el ascensor preferente para subir a su casa.
“Mi coche está en el parking, bajo hasta allí en ascensor y llevo el llavero dorado que tiene las llaves de todas sus puertas” lo escribió debajo de unas simples instrucciones para cuando saliera de casa:
– Girar y cerrar los mandos del gas en la encimera de la cocina
– Apagar todas las luces
– Grifos del agua bien cerrados
– Cerrar las ventanas
– Apagar la tele y DVD y equipo de música
– Apagar el calefactor del baño
– Coger las llaves de la puerta principal
– Coger el bolso y la billetera con dinero
– Bajar la temperatura de la calefacción a 17ºC si era invierno
– Salir y cerrar la puerta
– Apretar el botón de llamada del ascensor ó bajar por la escalera cogida de la barandilla.

La lista fue muy extensa y muy detallada para no dejar situaciones irresolutas que le generaran ansiedad.
Estuvo varios días repasando la libreta y escribiendo postits que pegaba en los sitios descritos. Además de escribir unas líneas cada día en el Diario.

Hizo un apartado especial, para cuando saliera de viaje, añadiendo cerrar la llave de entrada del agua y bajar las del panel de temperatura de la calefacción a 0ºC.
Dejaba espacio para escribir más instrucciones en días posteriores.
Entonces pasó a detallar las cosas que debía llevar en el bolso y la cartera haciendo dos columnas para cada uno, de diario y para viajar.
En esto se entretuvo más tiempo haciendo un buen ejercicio de memoria, porque había que salir de casa con la seguridad de poder volver. Siempre que esa fuera su intención…
Una tarde dio por terminada la tarea de ese día y cerró la libreta con buen ánimo.
Ya tenía decidido escribir las instrucciones con cuidado y sin prisa, procurando anotar hasta las cosas sobreentendidas por ser las más preocupantes a su entender.
Por ejemplo, se sobreentiende que después de ducharse hay que coger una toalla y secarse todo el cuerpo…
Pues esa sencillez pensó que debía anotarla como se le enseña a un niño.
Entonces tuvo la feliz idea de fotografiar cada cosa, hasta la más nimia. Digo que feliz, porque añadió otro ejercicio memorístico como es la imagen de las cosas tal como vio que se hacía en las aulas de los centros de adultos afectos del mal.
Con su cámara digital comenzó el “escaneo” por toda la casa y todas las cosas.
Era tan descriptiva que llenó enseguida la memoria y tuvo que ir haciendo las copias en papel fotográfico con la impresora. Así hizo cada sesión diaria, borrando la memoria y volviendo a llenarla.
Las sesiones se hicieron tediosas y las fotos infinitas, pero no por ello dejó de hacerlo.
Tuvo la tranquilidad de que de esta forma, reforzando con imágenes las instrucciones, no se perdería nunca en el mar de objetos y tareas.
Cogió la otra libreta y anotó en la primera página la fecha y el día de comienzo del diario.
También por darle nombre a esa libreta le puso DIARIO DEL DESVARIO.
Decidió escribir escuetamente las acciones de cada día y no tanto sobre las emociones ó sentimientos.
Las acciones podían tener variaciones y describir mejor el lento desvariar, que unas emociones menos correlativas con los hechos descritos.
Además de que la mente se va haciendo insensible en la medida que pierde recuerdos.
Así comenzó ese diario que en poco tiempo tuvo muchas páginas y le fue sirviendo de lectura entretenida mientras su memoria le permitía entenderse.
Ella sabía que describir su actividad diaria y leerla la obligaba a ejercitar el pensamiento y también la memoria.
Se le ocurrió un día que eso de no hablar de emociones podía ser erróneo y empezó con ello.
Los sentimientos aprendió a describirlos y a rememorarlos emotivamente. Hasta lagrimeaba más de una vez releyendo los pasajes más tiernos y se disgustaba con los más duros.
Creyó en la fuerza de los sentimientos para mantener ágil la mente.

Las instrucciones de la libreta las hizo con gran precisión llegando a desmenuzar las acciones más complejas, como enhebrar una aguja y coser un botón.

Cada fin de semana repasaba las libretas para corregir errores que se le hubieran colado en los días que escribía al volver del trabajo.
Allá había solventado olvidos con la PALM, que a modo de librillo consultaba con toda elegancia. En la libreta azul de instrucciones hizo un croquis para utilizarla, desde su encendido hasta cómo recargar la batería.
También ese artilugio le sirvió para hacer las notas de la compra del supermercado, semanal ó diaria ó mensual. Redactó tres listas que quedaron fijas en la memoria de la PALM.
Para todo, INSTRUCCIONES, DIARIO DEL DESVARIO y PALM, se compró un iPOD que le servía de “inicio”.
Le llevó otro largo tiempo hacer copia de las libretas en el ordenador y descargar todo en el iPOD. Cada día hacía un poco, a la vez que debía tener cuidado de no utilizar muchos bites…
Aprendió a colocarse cada día los auriculares al despertarse y marcar las instrucciones para escuchar : ir al lavabo y lavarse los dientes por ejemplo.
Hizo tan rutinario su uso hasta convertirlo en parte de su cuerpo. Era necesario crear estos usos a modo de muletas para cuando las necesitara de verdad.
Desde que se levantaba hasta que se iba a dormir pensaba en todo lo que debía dejar reflejado en las instrucciones.
Hizo apartados para poder dejar hecho un índice y numeró las páginas.
Aseo le ocupó varias páginas porque cada limpieza debía poder hacerse por separado, lavarse los dientes ó la cara sin incluir la ducha más de una vez al día por ejemplo.
El apartado de la ropa fue complicado y extenuante, pegando fotos y haciendo dibujos para recopilar tan vasta variedad. Ropa interior, ropa de abrigo, ropa de vestir, ropa informal y así sin que apareciera el fin.
Cada tanto debía renovar los postits amarillos que se despegaban y un buen día los cambió por etiquetas impermeables,al agua y productos de limpieza. Estaban escritas en el ordenador conteniendo un texto sencillo: LEER LA LIBRETA DE TAPAS AZULES.
Esa indicación dirigía a la libreta y allí se iba al índice guiado por explicaciones muy sencillas sobre la acción que debía realizar, por ejemplo cocinar.
Para esto se decidió vaciar la nevera y los armarios de todo lo que no fuera alimento sencillo de comer y de comprender su significado.
Era de suponer que no necesitaba tener varios tipos de té, difíciles de comprender.
Se decidió por el que le gustaba más y al lado de la explicación para prepararlo le puso el nombre de la marca. Con el café hizo la excepción, normal y descafeinado, pero tuvo que especificar a las horas que debería usarlos.
Las tareas más sencillas no lo eran tanto cuando se ponía a describirlas con tanto cuidado.
Lavarse los dientes requirió empezar por describir el lavamanos y el bote del cepillo, el cepill0 y el dentífrico, el cepillado y enjuague…
Así siguió detallando con virtuosidad de maestra todo lo que se le ocurría de ser mencionado en caso de desastre mental.
Ya llevaba meses, tres libretas azules y cuatro de las del Diario, cuando tuvo la primera duda sobre la eficacia del método.
No cabía duda de que era un manual de sobrevivencia para personas con cierto déficit.
Un déficit mental…pero quizás ineficaz en caso de deterioro cerebral.

Si se pierde la memoria, cómo recordar qué es leer !
Y cómo entender qué es una libreta ni tapas ni tampoco qué es color azul…
Su enorme esfuerzo para engañar a la enfermedad era inútil…vencerla menos aún! !
El temor de Alicia a quedarse vacía y encerrada en la enfermedad, la sobrecogió.
Se sentó frente al espejo y lloró desconsoladamente hasta que no pudo más.
Muchas veces se hablaba a sí misma mirándose en el espejo de la cómoda pero ese día estaba muda. Muda de espanto.
Detenida en el tiempo con su imagen como congelada estuvo mucho rato sin pensar, mientras se observaba.
De pronto escuchó trinar a los pájaros y se sonrió.
Fue como un resorte que la hizo levantarse de la silla y moviendo afirmativamente la cabeza se rió sin miedos.
Despejó las neblinas del temor y se encaminó al armario donde guardaba las maletas y el neceser.
Llenó dos maletas grandes con todo lo que se le ocurrió y preparó el neceser a conciencia.
No dejó ningún documento sin guardar y en el bolso de mano puso hasta lo impensable.
Fue al cajero y se trajo todo el dinero que pudo. Pasó por la farmacia y se surtió de medicinas y le cambió la pila a su reloj.
En la librería se compró unas novelas y varios libros de cuentos.
Llevó al coche todo y lo preparó para un viaje muy largo, con almohada y manta, unas toallas y linterna. I-pod, PAL, ordenador portátil, libretas y Diario…todo todo
Se fue a la gasolinera a cambiar aceite y llenar los depósitos de agua y gasolina. Pasó por el taller y cambió los neumáticos.
Lavó el coche y pidió que lo limpiaran por dentro mientras se tomaba un cortado en el bar y anotaba en un papel todo lo que creía necesario llevar. Tenía claro que ese viaje era especial. Para empezar no había fechas, reservas ni destinos.
Con este impulso cumplía con los sueños de su vida, viajar y vivir en hotel.
Transeúnte de ciudades y caminos. Era fácil comenzar la andadura en ese tiempo de verano, con los días largos de luz. Tampoco hacía frío, que acobarda pasear.
Todo eran ventajas, se animó y volvió a casa para los últimos preparativos.
Puso la comida de llevar en la neverita y todo lo demás lo tiró en la basura y la basura la sacó afuera para que la recogiera el portero como cada día.
Cerró las llaves del agua y del gas, desconectó el teléfono y la electricidad.
Cuando iba a cerrar la puerta de entrada se detuvo a mirar hacia adentro a modo de dulce despedida.
Fue un instante de ligera melancolía.
Puso las libretas y la PALM en un rincón del maletero, el ordenador portátil y el iPhone en otro.
Las guías de viaje en el asiento y el navegador GPS bien instalado.
Comprobó que en la nevera de viaje el agua y los refrescos estaban bien fríos.
En la guantera junto con las gafas de recambio una petaca con cognac. Todos los CD de música y un paraguas…de los reforzados contra el viento.
Se sentó al volante y con los primeros compases de la novena sinfonía de Beethoven, decidida a no regresar, se marchó a la aventura.

2009, Sant Cugat

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