El Asesinato

Había llegado a la conclusión de que debía asesinarlo, sin más dilación. Esa noche…

Tristemente furiosa, con el corazón latiendo muy rápido y una rabia extrema, abrí el bolso y cogí las llaves de casa. Era la primera vez que lo veía todo tan claro después de tantos meses sufriendo por su culpa.

Nerviosa, impaciente e íntimamente convencida de lo que tenía que hacer, introduje con fuerza desmedida la llave en la cerradura –hice un ruido enorme– y se abrió de par en par la puerta. Me asusté de mi propio impulso, que hizo salirse la llave y me obligó a sujetar aquélla antes de que golpeara la pared recién pintada.

No era lógico entrar tan bruscamente, la agresividad no es mi estilo y resultaría extraño a los ojos de mi esposo. Lo que debía importarme era haber hallado la solución adecuada.

Mi decisión era el producto de largas reflexiones, para acabar con una situación exasperante que me tenía demasiado hundida psicológicamente.

Él me dominaba, aún en sueños lo percibía, de forma tan sutil que me inhibía para rebelarme a gritos como hubiera deseado hacerlo en más de una ocasión.

A punto estuve, alguna vez, de irme por una larga temporada y dejarlo abandonado.

Cuando me casé, con más ilusiones que otras personas amigas, mi profesión de escritora estaba en sus inicios. Formamos una linda pareja, con una gran dosis de amistad y comprensión, felices de verdad.

La rutina nos atrapó un poco pero siempre pudimos zafarnos de ella y engañarla fácilmente. No nos podíamos quejar de nada, quizás tener hijos era lo único que nos faltaba para redondear esa felicidad. Claro que nos hubieran demandado tiempo, merecido por supuesto, del que hoy por hoy no disponíamos; la naturaleza es sabia…

 

Todo comenzó un día de hace unos cinco meses por la mañana. Desayunando.

A partir de una conversación sobre mi novela que aún era un montón de fichas con los personajes que pensaba incluir. Estaba convencida de que esta vez, le comenté, sería un éxito editorial de ventas; a grandes trazos le comenté la historia y le expliqué que ésta tendría un hombre como elemento fundamental, el hilo conductor. Estaba dándole forma a su personalidad, hipócrita y con una gran dosis de frialdad soterrada. Me costaba trabajo perfilarlo y esto llevaba su tiempo, como se podía suponer.

Me preguntó, con tono sarcástico, hasta cuándo estaría ocupada todas las horas de cada día con esa obra, porque, para evitar los celos con el ordenador, él se buscaría una amante, ya la tenía medio apalabrada. Además, se iría ese tiempo a su departamento para estar acompañado mañana, tarde y noche.

No me sonó irreal su propuesta y le contesté de mala manera que por las noches no creía que tuviera que estar en otra casa, que sus dificultades sexuales únicamente conmigo las había podido superar… Una mujer joven se desesperaría con sus manías y lentitudes… O se dormiría… Hasta quizás preferiría masturbarse mientras él dormía…

Me salió así, porque imaginé que pensaba en Irina, una joven secretaria rusa del despacho, despampanante, rubia de ojos verdes, que le rondaba muy sutilmente con miradas y palabras a pesar de saber que estaba casado y haberme visto muchas veces allí. Celos míos…

Era todo exageración, lo dejé sin respuesta por unos segundos; luego me dijo, levantándose de la silla, que yo era suya y no de los libros, editores y correctores. Y que tenía sus dudas sobre mi fidelidad desde hacía tiempo, con tantas horas reunida entre hombres. Y que también se preguntaba si con mis amantes las cosas en la cama me irían mejor que con él pues mis manías eróticas eran de antología…

Fue una discusión tonta que acabó entre silencios rabiosos de ambos y durante días no pudimos disculparnos, creo que por temor a no sé qué. Hablábamos de las cosas diarias, ignorando la discusión.

 

Desde entonces me sentía controlada en casa y en la editorial. Descubrí que llamaba a la secretaria preguntando si estaba yo allí, a qué hora entraba o salía, pero convenciéndola de modo que no me comentara nada, según decía, para no distraerme en el trabajo, ya me vería en casa más tarde.

Me pedía que le hiciera algunos recados o me dejaba mensajes en el contestador para que le llamara al despacho en las horas que se suponía que debía estar escribiendo en casa.

Por la mañana me decía que vendría a comer y más tarde llamaba diciendo que no lo haría. Muchas veces lo hacía Irina, con un tono en su voz que dejaba entrever su placer por darme esos mensajes. Él sabía que me dejaba con la comida preparada o que me impedía comer fuera. Eso sí, con palabras afectuosas y pidiendo disculpas.

 

Por las noches quiso hacer el amor con un entusiasmo renovado, me besaba dulcemente y de pronto nos encontrábamos amándonos en los sitios más insospechados. Esas noches me olvidaba de las situaciones enojosas que me había provocado. Pero yo tenía la sensación de que ese furor sexual desatado no era sincero, presentía que era una más de sus obsesiones posesivas; me quería demostrar que era mi dueño…

Me harté de todas las cosas que sucedían y de que no discutíamos como se debía. Se lo dije. Sonrió. Quitó importancia a mis palabras diciendo que mis preocupaciones no eran más que tonterías literarias, imaginadas. Me callé.

Aquella noche no pude dormir. Me levanté y me fui a escribir; me dieron las tantas de la madrugada y me volví a la cama cansadísima. Al día siguiente pensaría con más claridad.

 

Ocurrió entonces que empezó a llegar tarde en la noche, siempre diciendo que vendría pronto, para que me quedara esperándolo, hasta que una noche no vino.

A las siete de la mañana llegó sonriendo, con cara cansada, excusando su ausencia por trabajo impostergable en el despacho de un economista, socio en los negocios… Sin llamar para no despertame de madrugada.

Una mentira. Grave. Inexplicable. Sospeché que no era ésa la verdad y que tampoco había estado con otra mujer como quería dejar entrever.

Averigüé y supe que le pidió a otro conocido suyo las llaves de su casa en la playa para pasar la noche. Fue simplemente otra forma de dañarme y me preguntaba por qué.

 

Entre mi marido y el personaje de mi novela, que iba cobrando vida propia, me encontraba en un estado de ansiedad indescriptible; fue así como, poco a poco, se me ocurrió que debía hacer algo para reconducir mi vida. Acabar con quien me trastornaba todo. Matarlo. Fulminantemente.

Hasta que proyecté la forma de hacerlo, estuve muy inquieta; me faltaba programar el día en que lo llevaría a cabo. Y ese día había llegado…

 

¡Hola!, dije en voz alta, con tono alegre y algo imperativo, inhabitual en mí; nadie me contestó, a pesar de que a esa hora debía haber llegado mi marido. Otra vez se retrasaba por causas debidas a su trabajo, las benditas reuniones como abogado asesor de empresas, contrariándome bastante como en el caso de hoy especialmente.

Me fui directamente al dormitorio para dejar el abrigo sobre la cama, quitarme los zapatos de tacón y, antes de colocar el bolso en la silla, saqué el paquete de tabaco como hacía de costumbre. Descalza, mientras sacaba uno de los pocos cigarrillos que quedaban, caminé hasta la mesilla del teléfono y descolgué para escuchar el contestador; tenía varios mensajes y me dispuse a oírlos.

Alejandro, mi querido marido, había llamado dos veces advirtiéndome de su retraso esa noche. Para mayor complicación, me avisaba que vendría con Raúl para tomar un refrigerio y unas copas.

Raúl era su mejor amigo y acababa de divorciarse después de unos años de tormentoso matrimonio. Nadie podía explicarse los motivos, excepto yo que, por su exmujer, me había enterado de sus desavenencias. Susana se cansó de los celos y del amor posesivo de Raúl. En fin, una pareja bonita pero difícil de congeniar por imponderables de la vida. Otra más…

Todo esto iba pensando mientras fumaba y caminaba hacia la cocina para beber un refresco; de paso vería qué tenía para preparar una cena fría. Desde luego estaba enfadada con Alejandro, me torcía los planes con los que había venido a casa. Porque yo quería realizar, esa noche sin falta, mi cometido tan meditado por el camino. Además, con mi novela bastante avanzada, estaba obsesionada queriendo acabarla; pero no podía hacerlo, porque se negaba el protagonista. Una vez creado, se consideraba inmortal… Me obligaba con su obstinación a seguir escribiendo. Llegué a enfrentarme con él una noche en voz alta hasta que me di cuenta que él no me oía; a modo de reprimenda opté por ignorarle apagando el ordenador esa vez.

 

Tenía que tranquilizarme, no podían llegar y verme alterada. No quería que me hicieran preguntas. Mejor que me encontraran relajada y preparando la mesa. Saqué unas latas del armario, los embutidos y el queso de la nevera con todo lo cual organicé las bandejas.

Me pareció oportuno poner el mantel de lino blanco en la mesa y colocar el candelabro de plata con las velas encendidas antes de que llegaran. Platos, copas y cubiertos de ocasiones importantes. Un pequeño florero con una rosa que tenía en la sala de estar. Servilletas a juego de color azul. La panera de mimbre con varias clases de pan y tostadas. Continuaba disgustada, pero a medida que hacía las cosas me sentía poco a poco más distendida.

Mi cabeza continuaba funcionando de tal modo que iba pergeñando el asesinato con todos los detalles y pasos a seguir. Cuando se fuera Raúl podría cometerlo sin problemas.

Estaba convencida de que me llevaría tiempo hacerlo sin dejar huellas de inexperta y esto me desanimaba, pensando que posiblemente no dormiría casi nada esa noche. La cena sería larga y había que contar con la sobremesa, habitual entre amigos. Era un contratiempo, pero no había más remedio. Mejor tomarlo con humor. Al fin y al cabo, no pasaría de esta noche mi tarea macabra… tampoco la prisa cambiaría el rumbo de las cosas.

 

Fui hasta la bodeguita para traer un buen vino tinto y en ese momento oí la puerta y sus voces. Aparecí con la botella en mis manos y una sonrisa acogedora. Nos besamos todos con demostraciones de afecto.

Al ver la mesa puesta los dos me alabaron agradecidos por los detalles que la adornaban. Dijeron que transmitían un ambiente relajado, para olvidar un día tan ajetreado.

En Alejandro percibí un estado de semialerta o me lo pareció; de todos modos estuvo muy cariñoso, creo que era la imagen de pareja feliz que deseaba mostrar a su amigo.

Fue una cena con comienzo alegre y distendido, pero luego derivó en el tema actual, el divorcio de Raúl. Aún así, pude reconducir la charla y acabó del mismo modo que comenzó.

Después de la copa de cognac de rigor y, cuando languidecía la conversación por el cansancio de todos, me levanté preguntando si querían bombones. Una forma de obligar al invitado a rechazar la oferta y levantarse dispuesto a marchar luego de agradecer la feliz velada que había pasado con nosotros.

 

¡Por fin! ¡Al fin solos!, me dije contenta mientras oía, casi como un eco, la voz de Alejandro diciendo lo mismo. Notó mi sobresalto, me sonrió y se acercó con mirada interrogante para besarme en los labios dulcemente. Y habló, afirmando con una pregunta:

– ¡Vamos, cariño mío, nosotros podemos salir de este atolladero en que estamos metidos! Quiero pedirte perdón, de verdad lo digo y te lo pido. Me comporté como un niño malcriado, pero no lo soy. Estaba celoso y te hice daño, pero es que te quiero tanto… perdóname por favor. Necesito hablarte, con el corazón en la mano. Cada vez que te obligaba a sentirte dominada por mí esperaba que te rebelaras a gritos contra mí; no lo hacías y yo me sentía peor. Perdón, por favor, perdón…

Me quedé sin palabras, nos abrazamos con ternura y permanecimos así por un largo rato. Llorábamos entrelazados, muy emocionados.

Pensé entonces que debía matarlo, esa misma noche, como había decidido. No existía otro remedio. Me sentí fortalecida en mi convicción después de escucharle. Ahora me tocaba hablar:

– Ven, sentémonos en el sofá, Alejandro, por favor… Me parece que esta noche será importante, estoy nerviosa.

– ¿Preparo unos whiskys con hielo?

– ¡Buena idea! Yo voy a cambiarme de ropa y traigo algo que tengo para ti, es una sorpresa.

– ¿Para mí? ¿Qué es?

– Ah… Tú a lo que ibas, yo vengo en un ratito. Espérame aquí.

Me fui lentamente, desabrochándome la blusa con la intención de que no me notara nerviosa, hacia el dormitorio…

Cuando ya no me veía, me encaminé al despacho y cerré la puerta. Debía darme prisa, para que no sospechara.

Encendí el ordenador, abrí el archivo y busqué la novela. Me temblaban las manos, pero pude escribir con rapidez. Javier, mi personaje dominador, que iba en su coche de regreso al hogar muy tranquilo, vio cómo le esperaba en la entrada del garaje Marylin. Esbozó una sonrisa de sorpresa y en el mismo momento observó que ella le apuntaba con una pistola, de pie delante del coche. Ella le dio tiempo para que saliera haciendo aspavientos aterrorizados y le disparó a la altura de las piernas viéndole caer con gestos de dolor. Se le acercó sonriendo para decirle en voz baja: Te lo merecías, Javier. No me olvidarás jamás, desde tus muletas o silla de ruedas. Quería matarte, pero así sufrirás más. Mucho más…

Respiré hondo, al fin había acabado de sufrir por culpa de Javier…¡Gacias, Marylin!

 

Imprimí la página, la cogí y se la llevé a Alejandro. Desde el sofá extendió una mano y la tomó, mientras me miraba interrogante.

– Éste es mi regalo… Era necesario hacerlo, ahora podremos hablar.

 

 

 

Mayo, 1999

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